El ciclo del poder y la opresión
Por: Gilberto M. Limón Corbalá
Fundador de LIDERATIUM.COM
En un panorama donde los ciudadanos se sienten cada vez más decepcionados de sus gobernantes, el poder parece haberse convertido en un ciclo que se retroalimenta, perpetuando abusos y evitando el diálogo necesario para el progreso. Por ejemplo, los recientes escándalos de corrupción en organismos gubernamentales y la centralización del poder en un solo partido han debilitado la confianza ciudadana. Además, el recorte presupuestal a instituciones autónomas como el INE y la falta de transparencia en proyectos prioritarios del gobierno ilustran cómo el poder se enfoca más en consolidarse que en responder a las demandas de la sociedad. En México, esta realidad es especialmente evidente en el contexto político actual, marcado por la supremacía de un solo partido en las cámaras y el debilitamiento de organismos autónomos.
La reciente cancelación de un foro sobre Israel y Palestina en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara es un ejemplo claro de cómo el diálogo ha sido relegado a un segundo plano. Este incidente, provocado por la irrupción de un pequeño grupo de personas pro-Palestina,
Esto evidencia la falta de espacios donde las ideas diversas puedan convivir y confrontarse de manera constructiva. Resulta irónico que este tipo de actitudes ocurra en un país donde la izquierda ha abanderado históricamente la lucha por el derecho al diálogo y la pluralidad.
Además de la falta de debate, el fenómeno de la desinformación agrava la situación. Por ejemplo, durante las elecciones de 2021, circularon noticias falsas sobre el cierre de casillas y supuestas irregularidades masivas que generaron confusión y desconfianza entre los votantes. Asimismo, la desinformación sobre los programas sociales, como el anuncio de su eliminación sin fundamento, ha polarizado a la población y dificultado un debate informado.

Estas estrategias no solo distorsionan la realidad, sino que también refuerzan narrativas que benefician a ciertos grupos de poder. Las redes sociales han fragmentado la comunicación en «islas de información» donde cada persona consume contenidos que refuerzan sus creencias preexistentes. Un ejemplo sencillo son las comunidades digitales dedicadas a temas específicos, como los amantes de los perros, quienes reciben casi exclusivamente noticias relacionadas con su interés. Esta fragmentación dificulta que los ciudadanos accedan a una visión completa y equilibrada de los problemas sociales y políticos.

En este contexto de aislamiento informativo, surgen figuras que se presentan como mesías o iluminados, aprovechando la desinformación para consolidar su poder. Estas figuras no solo eliminan los organismos que consideran un obstáculo para su visión, sino que también moldean la percepción de la realidad según sus intereses. Como resultado, los ciudadanos quedan atrapados en una narrativa única que desincentiva la participación activa y crítica en los asuntos públicos.
¿Qué nos queda ante este panorama? La respuesta no es sencilla. Sin embargo, hay algo seguro: no debemos dejar de creer en un México mejor. La participación política no es un lujo, sino una necesidad que afecta directamente la vida de cada ciudadano. Es fundamental recuperar los espacios de diálogo y fortalecer los organismos que garantizan un equilibrio de poder. Solo así podremos construir un país donde el poder deje de ser un fin en sí mismo y se convierta en una herramienta al servicio del bien común.

La esperanza está en aquellos ciudadanos que aún creen en el cambio y en la posibilidad de un futuro diferente. Pero esa esperanza no puede quedarse en el ámbito de los sueños; debe traducirse en acción. Participar, cuestionar y exigir rendición de cuentas son los primeros pasos para romper el ciclo en el que el poder solo controla al poder. Es hora de reclamar un México donde la pluralidad de ideas no sea una amenaza, sino una fortaleza.
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